Pueblo v. Aponte González

83 P.R. Dec. 511
CourtSupreme Court of Puerto Rico
DecidedSeptember 20, 1961
DocketNúmero: 16639
StatusPublished
Cited by50 cases

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Bluebook
Pueblo v. Aponte González, 83 P.R. Dec. 511 (prsupreme 1961).

Opinion

El Juez Asociado Señor Blanco Lugo

emitió la opinión del Tribunal.

El fiscal Herminio Miranda, hijo, presentó acusación contra los cuatro apelantes Pedro Aponte González, Lino Colón Peraza, Blas Adorno Medina y Pedro Rivera Mateo por el delito de robo, consistente en que sustrajeron de la persona de Ramón Fernández Serra, en su inmediata pre-sencia y por medio de la fuerza y de la violencia, la cantidad de cinco mil dólares en efectivo, todo ello en contra de la voluntad del mencionado perjudicado. (Artículo 238 del Código Penal, 33 L.P.R.A. see. 851.) Celebrado el proceso correspondiente el jurado rindió veredicto de culpabilidad contra los cuatro acusados, y fueron sentenciados a cumplir una pena indeterminada de uno a diez años de presidio. Contra esta sentencia se interpuso recurso de apelación. Se señala la comisión de cinco errores.

b — i

Se plantea como primer error la aceptación como válido de un veredicto por mayoría por ser contrario a las cláusulas del debido proceso de ley de las Enmiendas Quinta y Décimocuarta de la Constitución de Estados Unidos. Idéntica [514]*514impugnación fue rechazada en Fournier v. González, 80 D.P.R. 262 (1958), confirmado en 269 F.2d 26 (1959). Véase, también, Jaca Hernández v. Delgado, 82 D.P.R. 402, 406-409 (1961), en donde se considera nuevamente la cues-tión a la luz de ciertos párrafos de la opinión emitida por el Tribunal Supremo federal en Reid v. Covert, 354 U.S. 1 (1957).

i

Al terminar el interrogatorio directo del perjudicado, la defensa, en ausencia del jurado y el testigo, solicitó copia de la declaración jurada prestada por éste en la investigación del caso. El fiscal respondió que la única declaración jurada prestada ante él había sido ofrecida en evidencia en un recurso de hábeas corpus interpuesto por uno de los coacusa-dos, y que la defensa tenía copia de la misma. Cf. Rich v. United States, 261 F.2d 536 (CA 4, 1958). Aclaró, sin embargo, que la declaración aludida era la única por escrito que el testigo había prestado, pero que “claro, eso no quiere decir que fuera esa la única que él prestara” (T.E. (1), pág. 35). Debido a que el acusado Lino Colón Peraza, peticio-nario en el recurso de hábeas corpus, había sido encarcelado desde o antes del día 9 de septiembre, después de haberse encontrado causa probable en su contra por el Juez de Dis-trito Rafael F. Marchand, y a que la declaración jurada entregada tenía fecha posterior — 11 de septiembre — , la defensa insistió en que se le informara si había alguna otra declaración. Nuevamente el fiscal, después de aclarar que no había participado en la investigación que culminó en la determinación de causa probable, manifestó que no tenía en su poder ninguna otra declaración escrita. El incidente ter-minó con la expedición de' una orden al magistrado instructor para que compareciera y trajese consigo cualquier docu-mento que hubiese considerado para determinar la existencia de causa probable. Luego, en la repregunta, el perjudicado [515]*515manifestó que había declarado oralmente bajo juramento por primera vez ante “el juez de Guaynabo”, pero no ante el Juez Marchand (T.E. (1), págs. 62-63; T.E. (3), págs. 6-9, 41). Esto probablemente explica porqué, a pesar de la tena-cidad con que la defensa insistió en que se le entregaran las declaraciones juradas prestadas, posteriormente no insistió en ello ni en la comparecencia del mencionado juez. Cf. Rodgers v. United States, 267 F.2d 79, 90 (CA 9, 1959).

Hace apenas unos días adoptamos como norma procesal en esta jurisdicción, aquélla que permite al acusado obtener copia de cualquier declaración que haya prestado un testigo de cargo, si la solicitud se hace después del testimonio directo y durante la repregunta, y si la misma se refiere a los hechos en la causa que se ventila. Pueblo v. Ribas, 83 D.P.R. 386 (1961). Esta solución ya se vislumbraba desde Pueblo v. Tribunal Superior, 80 D.P.R. 702 (1958). Cf. Pueblo v. Cortés, 79 D.P.R. 818 (1957). Véanse además, Jencks v. United States, 353 U.S. 657 (1957) y Campbell v. United States, 365 U.S. 85 (1961). Es conveniente que aclaremos que bajo la norma enunciada el ministerio fiscal viene obligado a entregar únicamente las declaraciones juradas escritas que tenga en su poder. En De Freese v. United States, 270 F.2d 737, 740 (CA 5, 1959) se dijo: “La regla del caso de Jencks no requiere que el gobierno suministre algo que no tiene y no puede obtener. En este caso, todo cuanto el gobierno tenía en su poder fue entregado al apelante... Esto es lo que la justicia y razonabilidad requieren.” Y en United States v. Place, 263 F.2d 627, 631 (CA 2, 1959) se insinúa que el acusado está obligado a sentar las bases sobre la existencia de la declaración que se interesa. Compete pues al acusado gestionar la entrega de cualquier otra declaración escrita prestada por un testigo de cargo ante algún otro funcionario público, y especialmente ante aquellos que determinan causa probable. Claro está que si el fiscal tiene en el sumario copias de declaraciones escritas de dichos testi-[516]*516gos prestadas ante otros funcionarios debe facilitarlas, aun cuando no hayan sido tomadas por él. A este respecto vale la pena indicar que en las Reglas de Evidencia adoptadas por este Tribunal y remitidas a la Asamblea Legislativa, y aún pendientes de aprobación, el término “declaración” significa, no sólo una manifestación escrita hecha por el testigo, sino también “el récord estenográfico, mecánico, eléctrico, o de otra clase o la transcripción de dicho récord, que contenga una relación sustaneialmente literal de la manifestación oral hecha por el acusado o el testigo o un funcionario del gobierno si el mencionado récord se hizo contemporáneamente con la manifestación oral”. (Regla 105 (5)). Esta Regla 105 fue tomada de la Ley Jencks, 18 U.S.C. see. 3500. Para la interpretación de sus disposiciones, véanse, Palermo v. United States, 360 U.S. 343 (1959); Mosemberg v. United States, 360 U.S. 367 (1959); United States v. Simmons, 281 F.2d 354 (CA 2, 1959) ; United States v. Tomaiolo, 280 F.2d F.2d 411 (CA 2, 1960); United States v. Clancy, 276 F.2d 617, 634 (CA 7, 1960); United States v. Davis, 262 F.2d (CA 7, 1959) ; Sells v. United States, 262 F.2d 815 (CA 10, 1958); Margolin,

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