Serrano ex rel. Serrano v. Puerto Rican Cement Corp.

99 P.R. Dec. 405, 1970 PR Sup. LEXIS 187
CourtSupreme Court of Puerto Rico
DecidedNovember 16, 1970
DocketNúmero: R-69-194
StatusPublished

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Serrano ex rel. Serrano v. Puerto Rican Cement Corp., 99 P.R. Dec. 405, 1970 PR Sup. LEXIS 187 (prsupreme 1970).

Opinion

PER curiam:

Un grupo de muchachos residentes de la Barriada Los Chinos contigua a los terrenos de la Ponce Cement se adentró en los terrenos de ésta para ir a jugar al tope de un monte, donde había un corte de cantera y que la prueba presentada describe como una “cueva”. La parte superior de la “cueva” se desplomó sepultándolos. Solo uno salió con vida.

Las demandas radicadas contra la Puerto Rican Cement y su aseguradora fueron desestimadas.

A continuación las determinaciones de hechos que dieron base a la sentencia dictada:

“La Puerto Rican Cement Corp., es dueña de setecientas (700) cuerdas de terrenos, que forman un solo cuerpo, en el [407]*407barrio Canas de Ponce, Puerto Rico. Parte de estos terrenos se utilizan para las operaciones industriales de una fábrica de cemento, que opera desde el año 1941; y 270 cuerdas aproxima-damente son canteras de donde se extrae la materia prima para la manufactura del cemento. Hay cincuenta (50) cortes de can-tera abandonados.
Por el linde norte de los terrenos de la Puerto Rican Cement Corp., a la cual en adelante nos referiremos como la Puerto Rican Cement, se esparce un arrabal conocido por la ‘Barriada Los Chinos’ o la ‘Joya Los Chinos’, formado por alrededor de 300 a 400 familias, con quienes conviven cientos de niños.
La finca de la codemandada Puerto Rican Cement comienza al terminar la verja de bloques del Cementerio Civil (municipal) ; que tiene más de seis pies de alto.
A todo lo largo de la colindancia norte de la finca de la Puerto Rican Cement hay vestigios de una cerca o verja de alambre de púas y se extiende un callejón que sirve de acceso a la ‘Barriada Los Chinos’.
Para el año 1966 dicha cerca o verja estaba bastante des-truida, pero la mayor parte de sus postes de concreto continua-ban erguidos. Aunque sus postes eran para doce (12) pelos de alambre, en algunos sitios, entre poste y poste, conservaban ocho pelos de alambre de púas; cinco en otros; algunos postes estaban hundidos en el terreno o derrumbados; otros sin alam-bres, o con indicio de que sus alambres fueron cortados, o con los alambres tirados en el suelo. Hace varios años que la verja se encuentra en malas condiciones.
Originariamente, sic, para el año 1941, los espeques que servían de sostén a los alambres de la cerca eran de madera; luego pusieron los espeques de hierro, pero se los llevaban o los destruían y, finalmente, la verja la construyeron de postes de concreto, de seis pies de altura, empotrados en una base de hor-migón, separado entre sí, de seis a ocho pies.
El callejón de la Barriada Los Chinos, al adentrarse a la par con la colindancia de la finca de la Puerto Ricán Cement se torna sumamente angosto. Se reduce, más bien, a una vereda intransitable para vehículos de motor. Al finalizar dicho callejón hay un talud al lado contrario al de la finca de la mencionada codemandada.
Los niños y jóvenes de la Barriada Los Chinos acostumbra-ban jugar dentro de los terrenos de la Puerto Rican Cement, [408]*408y era un lugar de diversión cuando llovía, ya que se formaba un lago en la explanada de la finca.
También los moradores de la Barriada en cuestión intro-ducían sus animales a pastar dentro de la propiedad de la Puerto Rican Cement, causando la destrucción de los alambres de la verja por distintos sitios.
Los Directores de la Puerto Rican Cement estaban compene-trados de esa situación y hasta tuvieron en mente poner una cerca de ‘cyclone fence’, pero resultaba muy costosa.
El señor Norberto Colón, Supervisor de Seguridad de la susodicha codemandada hacía diez a once años que veía niños jugar dentro de la finca y en innumerables veces tuvo que sacar-los de allí.
No había rótulo o letrero que prohibiera el paso a la finca de la Puerto Rican Cement, o un celador que la vigilara o impidiera su entrada. Tuvieron un guardia de la Wackenhud que retiraron porque lo apedreaban.
Luis Antonio Oquendo Soto nació el 30 de junio de 1953, estaba con su mamá doña Felicita Soto González en la Barriada ‘Los Chinos’; dos años atrás, había dejado la escuela elemental, a la cual asistió hasta el tercer grado, y sabía leer y escribir.
El 6 de abril de 1966, miércoles de Semana Santa, como a las 2:00 de la tarde, Luis A. Oquendo Soto, acompañado de su primo Ángel Luis Oquendo y de sus amigos Francisco Soto González, Jesús Serrano, Samuel Serrano y David Serrano deci-dieron ir a jugar y a tomar fresco a una cueva que queda en el tope de un monte.
Luis A. Oquendo Soto cogió hielo en un pote, de la nevera eléctrica de la casa de su abuelo, compraron refrescos y se introdujeron, sin permiso, ‘por una entrada que hay por arriba’, en la parte llana de la finca de la Puerto Rican Cement. Para llegar a la cueva tuvieron que subir una cuesta muy empinada y peñascosa. Dicha cueva estaba en un sector desprovisto de árboles frutales o frondosos, rodeado de terreno escarpado. En el camino no se toparon con nadie.
La prueba no precisó la ruta exacta que siguieron los jó-venes excursionistas.
El testigo Luis A. Oquendo Soto describe la cueva como un poquito más grande que la que muestran los Exhs. 1H, II, 1K, 1L, IN, 2K de la demandada y Exh. 1A de los demandantes.
[409]*409El hielo se había derretido; se tomaron los refrescos y em-pezaron a jugar dentro de la cueva tirándose arena con las manos. De súbito se desplomó el techo de la cueva. Luis A. Oquendo Soto quedó sepultado hasta el cuello con la cabeza des-cubierta y logró salir. Los demás que lo acompañaban, Francisco Soto González, Ángel Luis Oquendo, Jesús Serrano, Samuel Serrano y David Serrano, quedaron enterrados.
En el momento del desprendimiento Luis A. Oquendo no sintió ningún ruido. Había estado en el sitio por cuatro o cinco veces, un mes antes, acompañado por los que fallecieron y otros amigos, y notaba que caía ‘tierrita del techo de la cueva’ y que se metía allí el ruido de los camiones de la fábrica, cuando pasaban. No precisó por donde era que los vehículos transitaban.
Cuando Luis A. Oquendo logró salir de la cueva fue a la casa de su abuelo, don Francisco Soto Echevarría, padre de Franciso Soto González, le informó lo ocurrido y se dirigieron hacia el lugar del derrumbamiento. En el camino los alcanzó Guillermo Matos Saldaña, yerno de don Francisco Soto y pa-drastro de Ángel Luis Oquendo. Fueron al sitio del suceso. No vieron nada ni encontraron a nadie. Entonces Matos Sal-daña, montado a caballo, fue a pedir ayuda a la planta de cemento. En el trayecto se encontró a Víctor Guadalupe Gon-zález, empleado de la co-demandada de referencia, quien, en ese momento, operaba una máquina (‘finger lift’) y le informó lo ocurrido; fueron al lugar. Luego, el Sr. González notificó lo ocurrido al señor Norberto Colón, superintendente de cantera de la Puerto Rican Cement.
Funcionarios y empleados de la Puerto Rican Cement se personaron al sitio; se organizó e inició la labor de salvamento. Después llegó, sic, la Policía, los Bomberos y la Defensa Civil.

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